La industria de la desinformación

Desinformación política, bots y manipulación digital en redes sociales

Mentir en política no es precisamente una innovación. Lo nuevo es la capacidad de industrializar la mentira y convertir la desinformación en una herramienta política a gran escala.

Un estudio analizó 32 millones de tuits publicados por 8.198 parlamentarios de 26 países durante seis años y llegó a una conclusión bastante precisa. No es el populismo, ni ser de derecha, lo que aparece asociado a una mayor difusión de desinformación. Es la combinación entre populismo y derecha radical.

La investigación, publicada en The International Journal of Press/Politics no encontró la misma relación en la izquierda populista ni en los partidos tradicionales. Para sus autores, la desinformación debe entenderse como parte del fenómeno político de la derecha radical populista y de su relación conflictiva con instituciones democráticas y medios de comunicación.

El dato importa porque coincide con una transformación de las campañas electorales. La disputa ya no consiste únicamente en convencer a un elector, también consiste en dominar su pantalla.

Bots, trolls, cuentas coordinadas, algoritmos y ahora inteligencia artificial permiten fabricar contenido, amplificarlo y segmentarlo a una escala difícil de imaginar hace una década. No necesariamente para convencer a todos, sino para instalar temas, reforzar prejuicios, movilizar desde el miedo o erosionar la confianza en quienes contradicen el relato.

La sombra de la extremaderecha en lo digital

El caso de Fernando Cerimedo abrió esa discusión en Chile. Tras encontrarse equipos asociados a una granja de bots en Bolivia, la Fiscalía Centro Norte abrió una investigación sobre su eventual intervención en procesos políticos chilenos. La pregunta ya llegó también al Congreso, en donde la Cámara creó una comisión investigadora sobre el uso de bots, trolls, desinformación, manipulación algorítmica e inteligencia artificial desde 2020. 

El Senado, en paralelo, discute una iniciativa para sancionar redes coordinadas que simulen una participación ciudadana inexistente y considerar estas prácticas dentro del control del gasto electoral.

Una campaña puede declarar cuánto gastó en una gigantografía. Mucho más difícil es saber cuánto invirtió en instalar una tendencia, amplificar una mentira, atacar coordinadamente a un adversario o hacer que cien personas parezcan diez mil.

Recordemos

Johannes Kaiser ha acumulado afirmaciones posteriormente verificadas como falsas o engañosas. Sostuvo que los niños recibían 72 dosis de vacunas; que un acuerdo migratorio con Bolivia permitía reconducir solo a diez personas al día; situó la ocupación de Santiago 1 entre 36% y 38%, cuando los registros de Gendarmería mostraban sobreocupación; ha afirmado que la Organización Mundial de la Salud era una organización privada financiada esencialmente por grandes farmacéuticas. La OMS es, en realidad, una agencia especializada de Naciones Unidas y las farmacéuticas no constituyen su principal fuente de financiamiento.

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Hay un caso todavía más ilustrativo. En febrero compartió una noticia falsa que atribuía al Instituto Nacional de Derechos Humanos una crítica al conductor que atropelló a un delincuente durante una encerrona. Kaiser posteriormente reconoció que era falsa, pero explicó que inicialmente le había parecido “esencialmente creíble” por lo que, a su juicio, había sido la conducta histórica del organismo. Pocas veces el sesgo de confirmación queda expuesto de manera tan explícita. Una información falsa resulta verosímil simplemente porque confirma aquello que ya pensamos sobre alguien o sobre una institución.

Durante la campaña presidencial de 2025 se intentó instalar que Evelyn Matthei padecía Alzheimer. Circularon videos alterados, publicaciones y cuentas anónimas que amplificaron esa versión. Matthei denunció públicamente los ataques y apuntó a sectores vinculados a Republicanos y al Partido Nacional Libertario. Un reportaje posterior identificó cuentas involucradas en campañas de desprestigio contra ella y Jeannette Jara. Las campañas de José Antonio Kast y Johannes Kaiser rechazaron haber organizado esas acciones.

Cambridge Analytica

The Great Hack documentó el escándalo de Cambridge Analytica y el uso de datos de millones de usuarios de Facebook para construir perfiles y segmentar mensajes políticos. La empresa trabajó para la campaña de Donald Trump en 2016. No existe evidencia para afirmar que Cambridge Analytica le hizo ganar la elección, pero el caso mostró hasta dónde podía llegar una campaña cuando conocía los miedos, intereses y preferencias de quienes estaban al otro lado de la pantalla.

Ahí está una de las claves de la desinformación, alimenta nuestros sesgos, fortalece la división entre “nosotros” y “ellos” y convierte la identidad política en terreno fértil para aceptar como verdadero aquello que coincide con nuestra propia mirada. La inteligencia artificial no inventó ese mecanismo; simplemente permite explotarlo más rápido, más barato y a una escala mucho mayor.

No sabemos si un bot puede ganar una elección. Afirmarlo sería tan irresponsable como las prácticas que cuestionamos. Lo que sí sabemos es que existe dinero, tecnología y una industria dedicada a intentar influir en lo que vemos, discutimos y creemos.

Felipe Godoy Muñoz
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Periodista con experiencia en medios digitales. Interesado en política, sociedad y cómo las nuevas herramientas digitales están alterando la conversación pública.